miércoles, 31 de marzo de 2010


En verdad no es uno de los marqueses de sus sueños. Pero Aitana se muere por ver como susurran esos labios en su oído. Porque tiene una sonrisa de las grandes, de las que Aitana besaría, de las que gritan en silencio que vayas a abrazarle al fin del mundo, que le beses sin parar, que le dibujes historias que nadie sabe en el ombligo. Y que sigas besándole, hasta que se deshidraten los sabores, hasta que sea de noche y que nadie sospeche que estáis ahí, escondidos, rendidos, donde nadie os ve.
Pero Aitana sólo lo mira. Se le nota en los ojos las ganas que le tiene, pero no lo puede evitar.

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